Durante semanas, los termómetros en la costa ecuatoriana no han bajado de niveles considerados peligrosos para la salud humana. No se trata de una anomalía pasajera, sino (según advierten los científicos) de una señal clara de lo que está por venir.
El índice de calor, que combina temperatura y humedad para reflejar lo que el cuerpo realmente siente, ha superado de forma sostenida los 39 °C en la región, el umbral a partir del cual las condiciones se consideran de “peligro”. En marzo se registraron picos de hasta 44,75 °C, y abril no ha traído alivio: los valores se mantienen cerca de los 43 °C, sin un solo día por debajo del nivel de riesgo.
En ambientes de alta humedad, el cuerpo pierde su capacidad natural de enfriarse, ya que la sudoración deja de ser efectiva. Cuando la temperatura corporal supera los 40 °C puede desencadenarse un golpe de calor, una emergencia médica que puede causar daño neurológico permanente o incluso la muerte. Niños, adultos mayores y personas con enfermedades preexistentes son los más vulnerables.
Este fenómeno es monitoreado en tiempo real por el docente investigador Iván Cherrez y su equipo en la UEES, a través del proyecto “Evaluación Integral de la Calidad Ambiental y Biodiversidad”, que analiza cómo el aumento de la temperatura impacta directamente en la salud de la población.
Aunque se prevé una disminución temporal de las temperaturas en los próximos días, los expertos coinciden en una advertencia clave: la tendencia es cada vez más marcada. El cambio climático está convirtiendo estas olas de calor en un patrón cada vez más frecuente en las zonas tropicales de América Latina.
Ante este escenario, los especialistas recomiendan evitar la exposición solar entre las 10h00 y las 16h00, mantener una hidratación constante (incluyendo electrolitos) y usar ropa ligera. A nivel urbano, advierten la urgencia de implementar espacios de refugio térmico y políticas de adaptación al cambio climático.
Para millones de personas en el trópico latinoamericano que trabajan al aire libre y no tienen acceso a sistemas de refrigeración, esta “nueva normalidad” ya no es una advertencia futura, sino una realidad que enfrentan cada día.


