La menopausia se asocia con cambios corporales medibles y clínicamente relevantes. El proyecto de investigación “Programa de salud integral de la mujer de mediana edad”, dirigido por Peter Chedraui, docente investigador de la UEES, analizó la composición corporal de 363 mujeres ecuatorianas de entre 40 y 60 años. Los resultados mostraron que el 43 % presentaba obesidad central, es decir, acumulación de grasa abdominal, proporción que alcanzó el 100 % en las mujeres postmenopáusicas. Además, en comparación con las premenopáusicas, las postmenopáusicas presentaron mayor porcentaje de grasa corporal total (43.6 % vs. 37.3 %) y una reducción significativa de la masa muscular (30.1 % vs. 34 %).
El investigador explica que esta transformación se debe a un cambio biológico clave en la disminución del estrógeno. A lo largo de la vida reproductiva, esta hormona no solo regula funciones relacionadas con la fertilidad, sino también la distribución de la grasa corporal, favoreciendo su depósito en caderas y muslos. Con su descenso, este patrón cambia y la grasa comienza a acumularse en el abdomen, una distribución más asociada al perfil masculino. Las consecuencias van más allá de lo estético. El aumento de grasa visceral (la que rodea órganos vitales) se asocia con mayor riesgo de diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares e hipertensión, mientras que la pérdida de masa muscular reduce el metabolismo basal y la función física. Este proceso representa un doble impacto metabólico que puede afectar la salud a largo plazo.
Frente a este escenario, el investigador de la UEES señala que estos hallazgos no deben interpretarse como un proceso inevitable, sino como una oportunidad para intervenir de forma temprana. Recomienda incorporar entrenamiento de fuerza para preservar la masa muscular, una alimentación adecuada en proteínas y actividad aeróbica regular para reducir la grasa visceral. Idealmente, estas medidas deberían iniciarse durante la perimenopausia, antes de que los cambios se consoliden. Este tipo de investigaciones, realizadas en mujeres latinoamericanas, aporta evidencia regional sobre un fenómeno que afecta a millones de mujeres y que durante años ha sido subestimado. Comprender los mecanismos detrás de estos cambios permite tomar decisiones informadas y adoptar estrategias preventivas basadas en evidencia científica.


